14
- Angeles

- Feb 20, 2020
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Cuando tenia 14 años salía a las 6.30 de la mañana para ir a la escuela, en invierno todavía era de noche y, aunque había mucha gente en la calle principal, Guerrico, la calle de mi edificio, solía estar desierta. Todavía no habían construido más edificios que hoy se ven en Lugano, de hecho los estaban empezando a construir en ese momento e instalaron un obrador casi enfrente de mi edificio, así que a veces me cruzaba con algún obrero que iba para allá (sabía que eran ellos porque todos en el barrio caminábamos de nuestros edificios hacia la avenida principal, donde estaban todas las paradas de colectivos). A los 14 era más alta que la mayoría de mi edad pero muy flaquita, y a la escuela iba con vincha de nylon azul y pelo trenzado, pollera larga, sin pintura y zapatos abotinados - en el otro extremo estético-erótico de una escolar de mangá.
La calle por la que caminaba a la avenida era la última antes de Avenida Roca, así que de un lado había descampado hacia Roca y del otro, descampado detrás de la línea de edificios de Guerrico. Un enorme descampado sin iluminación, de una cuadra de largo y todavía más de ancho. Guerrico no era recta, tenía una curva a más o menos 30 metros de llegar a la avenida.
Todas las calles del barrio tenían filas de edificios construidos con pasillos techados (galerías) a lo largo y, recién después, veredas tradicionales. Mi mamá me había machacado la cabeza con que caminara por la mitad de la calle en lugares solitarios y sin tráfico, pero iba por la vereda.
A lo que creo eran veinte metros antes de llegar a la curva, los vi salir de la galería y pararse uno junto a otro en la vereda para bloquearme el paso. Eran tres. Estas cosas pasan en segundos, y todo lo que tenemos para reaccionar es una fracción de segundo. En esa fracción, entendí que si lograban taparme la boca y moverme cinco metros a la ocuridad del descampado, no tenía chance. Eran tres. Decidí no correr para atrás y tratar de llegar a mi edificio porque no había nadie, y no iba a sacar las llaves de la mochila y abrir a tiempo. Opté por fingir que no entendía lo que pasaba y que iba a llegar como un cordero a ellos, pero que a último momento iba a amagar correr hacia la derecha y salir hacia la izquierda, hacia Roca, con la esperanza de pasarlos y llegar a la avenida. En ese momento pensé que era mi única oportunidad. Después entendí que era una idea descabellada: mientras que gracias al deporte yo tenía velocidad, ellos, gracias a su oficio, también, y fuerza.
Había hecho diez metros hacia ellos, cuando un portero salió a la luz también, de debajo de la galería, y se plantó con su palo de escoba, a mirarnos a todos. Los tipos volvieron a la oscuridad de la galería, dejándome la vereda libre. Esos segundos habían sido aterradores, llegué a la escuela en shock, pero no dije nada a nadie, excepto a mi mamá, cuando volvió del trabajo esa noche. Ella no pudo asimilar lo que le decía, ya no le daba para más de sacrificios, y no podía volver a madrugar para acompañarme a la parada, ya había dado todo de sí. Así que volví a salir sola, a la misma hora.
El portero que me salvó empezó a estar cada mañana cuando pasaba, baldeando la galería, y cada mañana, desde los 14 hasta los 18, me decía a mí misma que le iba a decir GRACIAS, y nunca podía. No podía hablar de ese momento, yo sabía que él había entendido todo, pero yo no podía nombrarlo. Tampoco escribirlo - mi cuerpo se agitó mientras escribía estos párrafos, revivió el miedo de aquel momento.
No fue la única vez que me pasó algo así, pero fue la primera, y elegí pelear.
A aquel portero, no pude expresarle cuánta gratitud sentía por su gesto. Creo que su gesto mismo me dejó muda también, el shock de que alguien te haga el aguante cuando no contás con nadie.
Gracias.





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